La leyenda


La aguadora.

Francisco de Goya. Museo de Bellas Artes de Budapest.

Se ha escrito mucho sobre el origen del acueducto de Segovia y desde hace unos años se ha intentado desvelar el misterio buscando noticias, referencias o vestigios que ayudasen a precisar la fecha de su construcción. Pero todos los intentos parece que han sido infructuosos y seguimos con la incertidumbre de su edad y entre la nebulosa en que nos dejaron historiadores, cronistas y viajeros.

Es bien conocida la afición del pueblo a atribuir al diablo la construcción de monumentos insignes, o la intervención en hechos misteriosos aparentemente o con origen incierto o indocumentado.

Cuántos "puentes del diablo" encontramos en todo el mundo . . .

El acueducto de Segovia no podía escapar lógicamente a esta interpretación, máxime cuando parece que hemos conocido su origen, por lo menos en los últimos siglos, y haberse perdido la posible tradición oral a este respecto.

La versión más graciosa y completa que hemos conocido entre los múltiples relatos que hemos oído, es la que figura en el librito publicado en 1889 por la imprenta de Enrique Rubiños de Madrid, titulado El Acueducto de Segovia y del que es autor D. Antonio Corrales y Sánchez.

El texto completo se puede ver en la publicación Supervivencia de un obra hidráulica. El acueducto de Segovia.

A continuación transcribimos unos fragmentos de cada capítulo.

I - Oíd. Voy a referíos el origen del acueducto de Segovia. Me lo ha contado el pueblo, y yo no soy el inventor de esta historia que narran las ancianas de la ciudad a sus nietos, en las largas noches de invierno, sentadas junto al ancho hogar donde arden los troncos de encina con alegres llamaradas . . .

II - Hace años, muchos años vivía en Segovia un anciano sacerdote, tan pobre de recursos como rico en virtudes. No obstante su pobreza, era inagotable su caridad y extremada la bondad de su corazón, hallando siempre modo de socorrer al menesteroso que, pidiendo una limosna, se acercaba a sus puertas . . .

III - En compañía del cura vivía su sobrina, una hermosa joven, alegre como el repiqueteo de las campanas de la Catedral tocando a gloria. Era blanca como la nieve cuajada en lo alto de la sierra, de cabellos rubios como los trigos en sazón y ojos azules, con el azul de los cielos a la caída de la tarde, . . .

IV - El sacerdote llevaba el nombre de San Frutos, el mártir patrón de la ciudad de Segovia. La sobrina se llamaba María y era nieta de un hermano de D. Frutos.

V - Gozosa la joven cumplía sus cotidianas tareas, y solamente una tenía el privilegio de hacer fruncir el entrecejo con un movimiento de impaciencia. Esta ocupación era la de conducir el agua hasta su casa, desde una fuente que, bastante lejos de la ciudad, dejaba caer sobre las piedrezuelas del suelo, . . .

VI - D. Frutos rezaba sus oraciones, cuando María, hecha un encanto, gentil y bella, vestida ya de su mejor traje, antes de marchar a la plaza, . . . De pronto la serenidad celeste de su rostro se enturbió con una nube de pesar; leve sombra, apenas perceptible, que borró la franca sonrisa, apagó el brillo de los ojos y matizó en las rosadas mejillas la pálida huella del desconsuelo. En un ángulo de la cocina estaba el cántaro del agua sin una gota de líquido dentro.

VII - Sólo entonces fue cuando María , pasada la embriaguez de placer que durante toda la tarde la había dominado, se halló rendida y apenas sin fuerzas más que para, con pasos cortos y andar lento, interrumpida con largas paradas, regresar a su casa llena de cansancio.

VIII - Mas cuando entró en la cocina, quedóse de pronto parada y yerta a la vista del cántaro vacío . . . Llena de ira, sin medio para huir de aquel empeño, cogió el cántaro, lo colocó en la flexible y diminuta cintura, se lanzó a la calle y llegó a las puertas de la ciudad.

IX - Cortos momentos reposó la doncella, que al alzarse en pie, sintió en su pecho de nuevo tal rabia, que con voz clara y distinta dejó oír estas palabras:
- ¡Daría mi alma al que me evitase venir todos los días a la aborrecida fuente!
- ¡Yo la tomo! - respondió un una voz sarcástica y suave.

X - El hombre que tenía ante sus ojos iba vestido de caballero, y su traje era rico y suntuoso, hasta el punto de que jamás había visto cosa semejante. La estatura alta, noble el ademán, rubio el cabello, pálido el semblante, con palidez lívida que acusaba la huella de un dolor infinito.

XI - Torna a tu casa, niña, dijo aquel hombre; jamás por agua tendrás que volver a la fuente. Siempre que me llames me hallarás en tu presencia, y recuerda tu palabra, que hace mía tu alma para siempre. El desconocido alargó la mano y tocó el borde del cántaro. Instantáneamente se llenó éste, y cuando María, asombrada por el prodigio, y después de humedecer sus dedos en el agua fresca y límpida, alzó la vista, notó que el caballero había desaparecido.

XII - Apenas probó D. Frutos el líquido, apartó sus labios con repugnancia y extrañeza, y fijando su mirada en María, dijo con voz alterada:
- ¿Qué tiene este agua? Huele a azufre, y amarga como la hiel.
María dió un grito, revelador de la angustia que la poseía, desbordóse el llanto por sus mejillas, lívida y dolorida, se arrodilló, murmurando frases de perdón a los pies del sacerdote.

XIII - D. Frutos le dijo a María que llamase al desconocido.
- ¡Ven! - murmuró la joven, y en el mismo instante , sin que pudiera comprenderse por dónde había penetrado en la estancia, apareció el caballero con su brillante traje y luciendo en sus ojos insolente mirada de triunfo. María, sobrecogida de espanto, huyó a una habitación inmediata, donde quiso seguirla el aparecido; pero con rápido movimiento colocó D. Frutos delante de la puerta, haciendo con los dedos de la mano derecha la señal de la cruz.

XIV - ¡Quita esa señal! dijo el diablo con voz ronca.
- Lo haré si prometes no marcharte, dijo el sacerdote.
- Lo prometo, repuso el diablo.
- Yo no hubiera sido tan tonto como María, dijo D. Frutos con aire de suficiencia: yo hubiera pedido mucho más; tanto quizá, que no hubieras podido dármelo.

XV - Te doy mi alma, dijo D. Frutos con voz serena, si haces lo que he de pedirte ; pero a condición de que si no cumples, quedará también libre el alma de María.
- ¡Sea! dijo el diablo, que, a trueque de lograr la condenación del sacerdote, exponía con gusto la ya asegurada de la joven.
- Yo no quiero sólo agua para mí; necesito que la traigas para todos los habitantes de Segovia.
- ¡La traeré.
- Pero ha de ser esta noche y si el puente que vas a construir para que el agua llegue hasta la parte alta de la ciudad no está concluido, sin que le falte una sola piedra, al salir el sol de mañana, no tendrás derecho ni a mi alma ni a la de María.
. ¡Dicho está! respondió el diablo.

XVI - Corría Satanás de un lado a otro con tan voladora actividad, que siempre aparecía allí donde mayor esfuerzo se necesitaba, y la negra legión no podía darse momento de descanso.
Satanás observaba con inquietud el cielo, cuya oscuridad parecía comenzar a querer desvanecerse. Henchido de desesperación se propuso redoblar sus esfuerzos, y se dirigió a su hueste con ademán tan terrible y violento, que un rumor de angustia y terror corrió entre la espantada turba de diabólicos obreros.

XVII - Era preciso reunir material para la obra, y el diablo observó con gozo que una cantera situada en el valle podía suministrarle; aquel descubrimiento le llenó de alegría, porque le permitía ganar tiempo del que se encontraba falto, según las señales, que marcaban que estaba muy adelantada la noche.
El gigantesco puente estaba casi concluido; sólo faltaba colocar una piedra en su sitio, en la parte más elevada, cuando el sol asomó al borde de su brillante disco por encima de la sierra. Un hilo de luz, como flecha de oro, cruzó el espacio y vino a herir el acueducto antes de que Satanás mismo, alzado en hombros de sus obreros, tuviera tiempo de colocar la última piedra.

XVIII - Los segovianos, aquella noche, habían permanecido despiertos en sus lechos, aterrados por el espantoso fragor que, fuera de sus casas, oían sonar con pavorosos retumbos.
Su asombro al contemplar los arrogantes arcos del acueducto, no tuvo límites, y en breve se hallaba la población entera reunida en el Azoguejo, comentando el hecho prodigioso.
Entonces fue cuando, llenos de gozo, D. Frutos y su sobrina dieron con fuertes voces a sus convecinos la clave del misterio. María arrepentida de su pecado, mostrábase dispuesta firmemente a no correr jamás el riesgo de perder su alma.

XIX - Este es el verdadero origen del acueducto de Segovia. Si lo dudáis, observad la piedra que el él falta y que jamás ha podido ser colocada; mirad todavía en cada una de las piedras las huellas que en ellas dejaron los abrasados dedos de Satanás . . .
Entonces tendréis el convencimiento de la verdad de mi relación, y adquiriréis la certidumbre de que el acueducto, que ya cuenta con tantos siglos de existencia, subsistirá en pie, según la promesa del diablo, hasta la consumación de la edades, en la última noche del mundo.